Guapo, mío, mío, un nidito tú y yo, acurrucados dándonos trozos de pensamiento.
Pasito a pasito hemos ido - vamos yendo hacia una meta desconocida, pero con esa melodía en la lluvia seguimos un ritmo, un baile, una agradable caminata, pasito a pasito, sonreímos y vemos a través de las gotas disueltas unos rayos de sol que intentan llegar hasta nuestras telas de araña, entre nuestras venas.
La luz, preciosidad, brillante sensación de calor, de calidez, de tus brazos entre los míos, de tus manos en mis hombros, en mi piel bajo mis clavículas. Rodeas mis huesos, vas dando golpecitos en ese cofre de plumas de avestruz, relleno de sueños y palpitaciones.
Intentas respirar entre trenzas trenzadas, entrelazadas que van preparando tu lecho, su nido, de esas avestruces que intentan escaparse hacia mi boca. Ahógame. De risa.
Esa mirada, esa sonrisa activada por el interruptor de tus pensamientos hechizados por mis poros, mi mirada con la tuya desencadenando torrentes de plumas avestruz(c)ianas.
Me van invadiendo, poco a poco, se van encogiendo, restregando, estregando contra las telas de araña, creando nidos plumosos y telares, animalescos, animales. Nuestros. Tuyos en mí, en mi cofre.
Y seguimos dando pasitos hacia delante, hacia un camino que no lleva a ningún lugar, que lleva a algún lugar, desconocido, misterioso, indiferente.
Posiblemente, sea el futuro, o el tiempo pasado de un presente, o el presente de un pasado, es decir un futuro pasado. Será simplemente nuestro tiempo, nuestro mundo, nuestras arañas, nuestras avestruces, nuestros rinocerontes... No, los rinocerontes destrozarían el nido, no entienden de sentimientos y caricias.
Toquecito toquecitos me vas dando en-por cada vértebra de mi columna, un rayo de sol atraviesa tu mirada, una sonrisa ilumina mis labios, es la tuya, recorriendo tu rostro hechizado. Chispas y más chispas. Van de tus dedos, de tus yemas a mi palpitación, tuc-tuc-tuc.
Y caigo. Caigo sin cesar, no hay fondo, no hay tiempo, solo tu rayo y tus golpecitos. Tuc, tuc, tuc, me voy cayendo y entiendo, creo entender, creo. Esos son. Tus avestruces casi rinocerontes, esos, esos ojos negros, negros como la muerte. La muerte misma puedo dislumbrar en tus ojos, el firmamento es un cielo negro oscuro, un negro muerto, brillante de estrellas. La muerte repleta de brillantes fragmentos de espejos rotos, de nuestros espejos, nuestros reflejos encadenados, llenos de furia y miedo. Tus ojos y la muerte, noche y estrellas, he caído pero sigo cayendo, sigo ahogándome en tu noche muerta de estrellas. Sonrisa, la muerte se encoge, no tiene espacio, desaparece ahuyentada por el brillo de tu noche, de tus arañas.
Sonrisa, una noche (ya no muerta) de estrellas, tus ojos. Plenitud.