Ya están terminando. Uno tras otro van dejando sus ostraka en la urna. Cada uno de ellos me mira como si tuviese alguna enfermedad; algunos con asco, otros con miedo, otros con ira y otros con pena. ¿Qué he hecho? ¿Por qué tanta tensión?
Ahí está mi antiguo maestro X, gran orador y aún mejor ciudadano. Un modelo para mí, me dirige una mirada triste, la que más me sorprende ver entre tantas caras. Una pena y un “lo siento” es lo que noto en sus ojos. ¿Por qué está él entre ellos? Otra vez, ¿qué he hecho? ¿Algo malo?
Noto que voy a tener que estar lejos de aquí mucho tiempo. Puede que hasta mi muerte, pero ¿por qué digo “hasta”?, si muero mi cuerpo lo dejarán ahí, desterrado, es decir que me mandan al exilio de por vida, ¿o debería decir “de por muerte”? Curioso... Me echan y no sé la razón, por lo menos no entiendo la que me dan ellos. Dicen que soy un peligro para el pueblo, que no se pueden fiar de mí.
¡Ay, madre! Tendré que despedirme de ti como si fuese a la guerra, porque sabemos, tanto tú como yo, que moriré en tierras lejanas, como si de una batalla se tratase. Gracias por haberme amado tanto, no como estas figuras aquí presentes. Me odian, sí, y a la vez adoran ver mi nombre escrito en esos desechos de cerámica, los que decidirán mi destino, mi tumba.
Ahí está Q, acechando como si fuese una presa que tiene intención de escapar. ¿Escapar, huir? ¡Ridículo pensar en eso! ¿Para qué iba yo a intentar liberarme del destino que han elegido por mí los “sabios” políticos que gobiernan el Estado? Sé bien que no conseguiría nada. Ya he hablado lo suficiente, sé que no soy culpable, mi conciencia está tranquila. Soy inocente. Culpable para sus esclavos. No les haré el favor de reaccionar, de rebelarme -que es lo que más desean-. ¿El porqué?: tendrían una prueba realmente válida por la que acusarme.
Una de las caras que menos me sorprende es la de Z, lo famoso y rico que es todos lo saben y es algo indiscutible. Pero algo que no se pone en duda es su tan poco creíble fama de buen político, correcto y trabajador. Ahora está mirándome, lleva un buen rato haciéndolo, intentando intimidarme. Le ignoro. ¿Qué he hecho? ¿De qué “crimen” me declaran culpable?
X ya se ha ido, le he visto mientras se dirigía lentamente hacia la urna y después intentaba evitar cualquier comentario. Había confiado en él. Había sido mi modelo y lo era hasta unos pocos minutos. ¿Hipocresía o temor hacia alguien? Ahora soy yo el que siente pena, pena mezclada con decepción hacia él y todos los seres pensantes.
Tú también eres un ser pensante, no lo olvides, N. Lo sé, solo que no soy ciego, no soy sordo o por lo menos he logrado descubrir una parte de las mentiras que nos susurran continuamente al oído y que al final consiguen distorsionar cualquier otro sonido que haya más allá de esos labios conocidos como “sabios”. ¿Y qué me hacen? Me eliminan, me marginan. Por temor, soy un peligro. Es cierto, pero ¿lo soy para el Estado o para sus cabecitas?
¿Razones? Una. ¿Mentiras? Infinitas. El miedo a que, siendo distinto y teniendo ideas propias, revele la verdad y provoque la destrucción de su preciosa jaula dorada. Una bonita jaula donde vivimos todos y donde hay unas pequeñas aperturas por las que nos vigilan. Demasiado pocos han sido los que han podido dirigir la mirada hacia esas aperturas y escalar hacia ellas. Todos eliminados, alejados de la sociedad o disfrazados de monstruos para que sean los mismos enjaulados sordos y ciegos los que los marginen, librándose así las cabecitas del esfuerzo y de la culpa.
Ya han terminado. Se dirigen hacia mí. Miradas acusadoras pero con un punto de miedo hacia mis ojos. Conozco la verdad. Soy un peligro para ellos, monstruo para ciegos y sordos. Pero yo he ganado, gano y ganaré. Conozco la verdad y por ello mi mente es LIBRE y ÚNICA. Marginado y eliminado.