¡Qué ganas de escribir en estos momentos! Precisamente por es época de exámenes es cuando sale toda la inspiración, necesidad de escribir, pensar, limpiar toda la casa, leer todos los libros que llevabas a medias o casi por terminar, sí, es el momento ideal para ser productivo, se activa tu cuerpo, mente y alertas.
Interesante.
Hoy voy a escribir sobre un tema que considero símbolo de la madurez. Oh, sí, he dicho madurez, esa cosa que los ligeros del alma y jóvenes de por vida piensan que "hacen sólo las frutas". Pues no.
Las personas también maduran, interesante la verdad, pero no como se piensa de forma aburrida y haciéndonos viejos serios y sin alegría en la vida. Lo contrario, la madurez es un paso hacia la tranquilidad, la serenidad, hacia la real alegría del alma, la que no tiene peso, ni cosas que le sobren.
No tiene hojas secas, fruta podrida, simplemente se va aligerando, se va deshaciendo de todo lo que simplemente le sea un peso innecesario.
Tanto tiempo cargando con una idea, un pensamiento, una sensación, un mal hábito, una persona, una casa desordenada que nunca decidimos echarla de nuestras vidas, de ponerles un orden, de hacer que se se abra el espacio que necesitas para pensar, trabajar, vivir. Eso vivir.
Si algo o alguien te está impidiendo vivir, te ahoga, te agobia, te es un simple peso, no hay mejor opción que dejarlo/a que con su proprio peso acabe donde tiene que acabar, en el suelo, lejos de tus hombros, lejos de tu cabeza, lejos de tu ser.
Como todo lo que le sobra a un árbol en algún momento acaba cayendo y dejando espacio para que nuevas hojas, ramas, frutas, seres vivos nazcan y crezcan, de la misma forma tenemos que dejar que los libros de los que las páginas las tenemos ya leídas demasiadas veces y nos conocemos demasiado bien - la historia, la textura, la tipografía, los pequeños errores te impresión y los colores - acaben en el pasado, en la estantería de "libros leídos".
No hay mejor manera de madurar que la de empezar un nuevo libro, empezar a hojearlo y ojear poco a poco esas nuevas palabras, colores, texturas que aparecen ante tus ojos, manos y resto de sentidos. ¡Ay el olor a libro nuevo!
Sí, sé perfectamente que no hay mejor olor del de las páginas amarillentas de un buen libro antiguo, ese olor a experiencia, a tiempo, vidas, manos, historias, momentos. Así como las personas que han pasado a nuestra estantería, melancolía se llama, es olor se llama melancolía, momentos, sensaciones, pensamientos, vidas, experiencia relacionadas con ellas. Siempre será inolvidable, el olor.
Pero...
Pero ¿y esa alegría de tener ante tu mente un libro nuevo? Una nueva historia desconocida, sin olores conocidos ni melancolías encadenadas. Ese latido de la sangre al pensar cómo será, qué contará, cómo será la tipografía, ¿serán bonitas las palabras? ¿Estarán bien escritas, bonitas o será molesto y difícil seguir la historia?
¿Y la historia? ¿La trama? ¿Será motivadora, interesante, pesada o aliviante? Es hormigueo de la cabeza que empieza cuando empiezan unas páginas nuevas...
¿Y la idea de que existe la posibilidad de que este nuevo libro, no necesariamente con páginas blancas, sea el próximo libro que desearás estar oliendo, hojeando, mirando, tocando, leyendo una y otra vez sin querer dejarlo?
Un detalle: "no necesariamente con páginas blancas". Entiendes cuando un libro, aunque tenga sus años, su experiencia, sus viajes, pueda contener una historia del todo nueva y maravillosa. No es una casualidad que el mejor olor es precisamente ese: el de los libros antiguos, de páginas amarillas, sentidos y vividos, pensados, odiados, amados que te cuentan una nueva, desconocida, historia.
Decidir poner los libros leídos en el estante no significa necesariamente que ya no nos guste su historia, su carátula o su introducción, significa dejar espacio para nuevos que puedan también tener su puesto junto a los demás.
Madurar pues, sí, lo hacen las frutas y lo hacen las personas, con sus libros, sus historias, su pasado.
Madurar pues sí, es interesante, aliviante, tranquilizante, bueno para la salud.
Madurar pues sí, consiste en poner los libros en su sitio, aprender a quererlos, a recordarlos sin tener que tenerlos delante. Consiste en no leer una y otra vez las mismas historias, sino dejar que otras enriquezcan tu mente, tu estantería.
Esa espina, esa espina que lleva tanto tiempo clavada y que tu cuerpo se ha adaptado a su forma, a su herida, a su forma de introducirse en ti. Esa espina que al principio la sentiste como entró, sentiste el dolor puntiagudo que te produjo, sabías que estaba ahí y la dejaste. Hasta ahora fue tu cuerpo el que, en vez de sacarla, alejarla, rechazarla, se adaptó a su forma, la abrazó, la hizo que no se sintiese "sola". Pero claro, al ser una espina, en cuanto la abrazaba provocaba una molesta sensación de picor, de dolor agudo que no supera el límite de lo insoportable pero se mantiene ahí constante, en tu "subconsciente" freudiano, y no le das importancia. Por suerte llega el momento en el que aparece una suave flor, sin espinas, o por lo menos no te las ha mostrado todavía y comparando tu piel las dos sensaciones se da cuenta de lo molesta que es ese acostumbrada espina. Poco a poco, más flores van apareciendo y esa espina se va quedando sola, cuánto más suavidad empieza a sentir menos soporta el picor y decides arrancarla. Alivio, oh sí, alivio y simplemente a-li-vio. ¿Que cómo se consigue? Busca una bonita flor y acércala a tu nariz, huélela, mírala, tócala, saboréala, escúchala, siéntela, céntrate en ella, la espina querrá irse sola, no soportará estar sola, sin la compañía de tu atención.
Así que... Es hora de dejar que los frutos maduren, los libros acaben, la casa se ordene, los estudios se trabajen, las espinas se arranquen y que la principal prioridad en tu vida sea, eso, tu vida, tú, tu estantería y tus libros, no la de los demás, no los libros mismos. Tú.